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sábado, 10 de marzo de 2018

Lectura del poema en prosa "Carta a David"




CARTA A DAVID

Ahora que sé que quiero ser feliz, no sé qué es lo que tiene valor, quién puede hacer que yo tenga valor. Deberíamos haber subido hasta la cima. Siempre haciendo agujeros en el suelo. No han sido los suficientes días, yo no he sido lo suficiente. Mi carne equivocada para mi elevación. Tu colchón sonando otra vez lejos de mí y mis dedos goteando sangre, intentando congelar el momento exacto en el que perdí mis años más sentidos, el sentimiento de que alguien pudo haber trascendido la carne para llegar a la sangre. La que me sigue goteando por los dedos. Preciosa habitación blanca manchada de rojo. Y yo queriendo poder dormir para que tu fantasma no esté dentro de mí aunque sólo sea por un momento. Pero siempre lo estará. Ahí estarán todas las imágenes ardiendo. Y las dudas. Buscar en otro sitio o no. El miedo a que si me quedo esperando en mi habitación el techo se me caiga encima por haber creído que huir es de cobardes. Hoy he decidido ser valiente, y me vuelvo a arrepentir, porque no sé si ha sido una cobardía. Pequeño masoquista... Pensé que estaba preparado para cerrar y seguir, pero el libro sigue abierto y la historia inacabada. Hace tan sólo unos meses pensé que el camino se estaba abriendo. De tu boca salieron palabras que hacía años no escuchaba, unas palabras que usas con otra gente sin ese miedo. Pero cerraste la boca otra vez, tanto que tu alma se cerró también, sólo que la mía sigue abierta. Y dicen que hay que saber esperar. Ya he esperado todas las edades que no he vivido pero sí sentido. Sé que es inútil seguir esperando con el cuerpo doblado días más soleados, pero me gustaría que supieras que puedes coger todo lo que quieras de mí a cambio de un pedazo de tu piel para sintetizar el narcótico perfecto. Un trato es un trato. Porque pensaba que al fin y al cabo, si yo te siento puede que tú a mí también. Yo recogeré todas las plumas que se desprenden de tus alas, toda la bilis que mana de tu alma. Llenaré de ti mis vacíos armarios decorándolos con preciosos frascos de cristal llenos de formol y pedazos de tu cuerpo y mente, que no puedo separar. Pero no duramos para siempre. No sé a dónde queremos llegar, pero si lloro y no duermo es porque nunca llego a ninguna parte. Mientras el helado se derrite no te enfades contigo mismo, querido osito de peluche, por no tener garras. Si no puedes aferrarte a lo que siempre fue, aférrate a lo nuevo. No necesitas alardear para demostrar tu fuerza. 

Palabras que te dije y que se han quedado en un punto muerto, entre vacías y dañinas, al darme cuenta de que me toca decírmelas a mí mismo también. No sé si eres tú o yo el que está corriendo demasiado deprisa, pero nos estamos perdiendo de vista. Ayer estaba seguro de que eso era precisamente lo que quería, ahora me gustaría darle la vuelta al tiempo. Aún te quedan los 7 nomeolvides que dejé a tus pies. Y por favor, porque sé que todavía estás ahí dentro, vence al ultracuerpo que te ha invadido, porque todo lo que no concluyes, así quedará si mañana morimos.

Todo el alimento mal soñado de los últimos años desvaneciéndose antes siquiera de haberlo probado. Y ahora sólo me queda desear que se desvanezca cuanto antes. No quiero más monos con todo ese miedo a la carne completa. Quizás algún día los monos humanos pasen a ser arquitectos de su propia vida.
   
Todo el dolor que se plasmó tiempo atrás en estas palabras ya ha desaparecido. No te necesito.  Simplemente te quiero. Ahora sé que soy yo quien se tiene que hacer valer.

T'estimo...

Farewell...


Texto comenzado a escribir en 2001 y cuya versión definitiva quedó plasmada en 2007 (Josu Sein)

Retratos y autorretratos realizados entre los años 2002-2013 (Josu Sein)



youtube.com/JosuSein

josusein.com

jueves, 22 de octubre de 2009

Carta a Pere en su 35 cumpleaños. Un regalo bidireccional.

Josu Sein

Los años pasan. Quizás no sean los años los que acaban con nocotros, sino nosotros los que acabamos con los años. Miedos, proyectos no concluidos, promesas disueltas, una enfermiza atracción por la tensión, incapacidad para encontrar tan siquiera un punto intermedio entre los "te quiero" efímeros y los permanentes nunca expresados. ¿Son los años los que acaban con nosotros?

Nada que haya sido arrancado de raíz vuelve a crecer. Falta de habilidad. Patrones de comportamiento que se repiten, árboles podridos que olvidas incinerar mientras dejas que los amados mueran para siempre por no preocuparte ni tan siquiera de regarlos. Y es que todos necesitamos humedad. Todos...
Si pierdes el último tren ya llegará otro que te conduzca al mismo lugar, pero no te encontrarás con lo esperado. Otra estación del año, otro tiempo, otro paisaje, y el monumento que pretendías visitar ha sido reformado. Y aún así seguiremos sin llevar reloj para no volver a perder el último tren...

A pesar de la subjetiva percepción del tiempo, el agua no deja de evaporarse. Un día se te ocurre ir a visitar al habitante del estanque que también compartías y te encuentras cara a cara con la soledad. El estanque se ha secado y el habitante se ha mudado. Porque todos necesitamos humedad...

Reflejos en la cerveza que estoy bebiendo. Los recuerdos funcionan como los sueños. Somos nosotros los que los pintamos con los colores que más nos convienen. Veo una cara en el espumoso líquido, y no es la mía. Le doy un trago para que la cara penetre en mí, mientras le agradezco el haberme recordado por segunda vez en mi vida que las benzodiacepinas de carne, hueso y sangre existen, aunque sólo sea por un momento, ya que San Pedro sigue guardando las llaves del cielo. Pero sigo viendo la cara en la cerveza, y sigo bebiendo, echando de menos el opiáceo humo que en algunos momentos de mi vida me envolvió y deseando que el subrepticio egoísmo no nos lleve a todos al mismo pozo. Una vez agotada la cerveza y sin más líquido a mano, ¿cuánto tiempo puede uno aguantar sin hidratarse? ¿Cuánto tiempo puede aguantar uno sin humedad?..

Josu Sein

viernes, 16 de enero de 2009

A Diana en su 26 cumpleaños

Fotografía de Diana Muñoz.

A veces encuentro luces que me iluminan.
A veces soy capaz de verme a través de tus palabras.
Y veo la calle.
El nombre de la calle empieza por "D", lo dice un cartel de metal oxidado, lleno de sombras y luces anaranjadas que bailan.
Parece que siempre es de noche, pero nunca está vacía, nunca está oscura.
Debe de tratarse de una calle del siglo XIX, a juzgar por los edificios y los atuendos de la gente que sale de garitos llenos de humo, riéndose a carcajadas.
Toda esa gente deja sus huellas en la calle. Algunos la admiran, otros la tocan y la acarician, otros la pisan con fuerza y la maldicen por haberse tropezado.
Y un milenio pasa como un segundo.
La calle está ahora marcada por tantas y tantas cosas que ha visto suceder sobre ella.
Ahora sí está oscura. Y en silencio. Voy contando mis pasos para no caerme ni perderme, y cuando voy a llegar al paso número 26, en una esquina donde la calle gira, se empieza a escuchar música. Hay alguien en la calle intentando animarla, un guitarrista pidiendo dinero. Sobre él, con un sonido eléctrico, se encienden unas luces. Ya no son luces anaranjadas, son luces de neón en la oscuridad que tiñen de rosa y rojo la calle, una calle que a pesar de los milenios, los cambios y la gente que pasará por ella, es preciosa para vivir.

(Josu Sein)