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lunes, 26 de noviembre de 2018

Hablemos de lo que pasa


Algunos artistas españoles formaron parte en 1998 de Transgenéric@s, la primera exposición centrada en estas representaciones y conceptos en el ámbito español. Mar Villaespesa escribió este texto sobre la exposición, que no sólo sigue en plena vigencia a pesar de referirse a acontecimientos de hace ya más de dos décadas, sino que resulta en estos momentos más significativo si cabe, debido a las burlas que reciben por diversos sectores que tachan toda tendencia natural de ideología y se muestran sumamente críticos con los identitarismos, aunque no escondan su ideología ni la identidad a la que sienten perder. Pero, ante todo, resulta crucial por las estúpidas y contraproducentes guerras que se han creado dentro del colectivo LGTBIQ+ como si la realidad de unos excluyera la de otros. Quizás sea el momento más idóneo hasta el momento para recuperar, difundir y generalizar el post-identitarismo queer.


HABLEMOS DE LO QUE PASA

[..] Algo parece estar cambiando en los noventa con respecto a la sexualidad (y no solo en los laboratorios de ingeniería genética) y a la representación de la misma, como es el rechazo de la normativización. Esta llega hasta el centro de los hogares cuando una noche las televisiones de todo el mundo retransmiten, ante la sorpresa de millones de teleespectadores, que quien acaba de ganar el festival, la exuberante cantante que representa a uno de los países, es una transexual. La confusión está servida en los mismos platos de la cena familiar, en medio de la noche iluminada. La abuela se puede quitar el sonotone mientras saborea el postre, el padre autoritario puede lanzar de nuevo el discurso moral mientras apura la copa de vino y la madre virtuosa e intransigente puede seguir alimentando su neurosis recogiendo los vasos, pero mientras tanto la casa se va llenando de tatuajes y aretes, el vocabulario de l@s chic@s va cambiando, y las nuevas formas comienzan a configurar nuevos códigos en busca, quizá, de nuevos lenguajes y, con ello, de nuevas formas de pensamientos y comportamientos.

Pero aun ocurriendo todo esto, no debemos perder la mirada crítica, pues si bien una serie de manifestaciones a través de la publicidad, la música, las artes multidisciplinares, la industria cinematográfica están contribuyendo a cambiar una sociedad en beneficio de unas minorías, lo que también ocurre es que muchas veces lo que se está promocionando es el cambio en las formas pero no en las ideas (ya que el mercado siempre las banaliza), o no se están activando los mecanismos necesarios para desentrañar las estructuras de poder que articulan las jerarquías y los antagonismos entre los sexos —aunque la moda sea unisex y ambigua, y modistos como Viviene Westwood o John Galliano tengan un gran éxito—.

Porque, no nos engañemos, si bien nos complace ver a todos estos jóvenes andróginos porque pensamos que ya no son presa de los roles masculino-femenino y todo lo que conlleva, sigue siendo un drama en los hogares españoles si un niño de cuatro años de sexo masculino pide por Reyes una Barby. Y como mucho, si sus padres son «progres», lo «aceptarán» estoicamente, pero hubieran preferido una conducta supuestamente «normal», correspondiente a su sexo masculino, porque todavía no se tiene claro, más allá de los ámbitos académicos progresistas o entre los colectivos de reivindicaciones sociales o en las capas marginales que no están presas del estatus y del aparato simbólico legitimado por la sociedad, que mientras el sexo tiene un carácter biológico, el género es una construcción sociocultural […]. Como ya narró Simone de Beauvoir hace unas décadas, en el origen de todo este rico debate: «No se nace mujer, se llega a serlo». Y son, precisamente, los ambientes familiares y los sistemas educativos (entre ellos podemos contar a los museos y las instituciones públicas) los que deben estar más abiertos a comprender estos temas. Y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, pues yo misma no recuerdo haber preguntado a un sobrino, o al hijo adolescente de una amiga: «¿Qué chico o chica de tu clase te gusta?», porque siempre hemos supuesto que si es varón le debe gustar hembra, o viceversa. Así que me temo que si mis preguntas han ido dirigidas a quien no ha sentido una inclinación por la supuesta respuesta, probablemente, l@ haya hecho sentir si no reprimid@, al menos confus@ en su identidad.

La crisis está echada, los cristales están rotos junto a los valores y los grandes relatos: entre ellos, la razón, la autoridad, la verdad..., mientras tanto se manifiestan la confusión, incluso la violencia, pero hay que inventarlo, o reinventarlo, todo de nuevo, como ocurre en la novela Kitchen, de la escritora japonesa Banana Yoshimoto, cuya joven protagonista tiene que reconstruir su vida tras la muerte de todos sus familiares, a la vez que descubre que la madre de su vecino era antes su padre, que ella era antes él, que cuando murió su madre su padre decidió convertirse en mujer, operarse, abrir un bar «de esos» y ser una madre para su hijo. Y todo transcurre con la normalidad, en la que no está exento el drama, de tantas otras situaciones de la vida ordinaria contemporánea. Sí, ciertamente se trata de «nuevas» situaciones, si se quiere extremas, pero que no por extremas dejan de «pasar». Por lo que esperemos que, a pesar de las crisis, nos quede algo más que la revelación nihilista de Cioran: «Morir es cambiar de género, renovarse», ya que todavía queda mucho por hacer. «Transgenéric@s» quiere co1oborar a ello. Hubiéramos querido también que la exposición se interrelacionara aún más con la calle, organizar mesas redondas con esos colectivos que, como el arte, hacen posible los cambios, con esos teóricos que ayudan a analizar y a comprender, porque los temas y la representación que, gracias a los estudios de género y a la teoría queer, están presentes en la exposición, y sobre todo, de entre ellos, la representación del sexo que no cabe en la norma, casi me atrevería a decir que, como el terrorismo, están demonizados. Todavía hay muchos miedos en la sociedad que hay que combatir; para ello, hablemos de lo que pasa y expongámoslo.

(Mar Villaespesa, 1998)


Página informativa de la APA sobre sexo, género, orientación sexual e identidad de género

viernes, 8 de diciembre de 2017

Dicen ser feministas. Eso dicen.

Me siento ridículo teniendo que resumir en cuatro palabras la evolución del feminismo, pero así como fue totalmente lógico que en un primer momento las mujeres, oprimidas durante siglos, por no decir milenios, y silenciados sus trabajos artísticos y científicos, se hicieran piña para luchar contra sus opresores y conseguir la ansiada igualdad de derechos, el siguiente paso para terminar de conquistarlos todos y mantenerlos, consistió en hacerse paralelas hasta cruzarse en un mismo movimiento feminismo, antirracismo, la lucha del grupo LGTB e incluso, aunque aún impera el antropocentrismo, el antiespecismo, así como la defensa de los derechos de los niños, seres a los que tenemos el deber de proteger y darles voz. Así se comenzaron las investigaciones sobre el género, considerándolo un constructo social básico para el funcionamiento del patriarcado y el machismo, y el feminismo derivó hace décadas ya hacia las teorías queer, difuminándose los límites entre los dos géneros y, dependiendo del punto de vista, diluyéndose o multiplicándose (hombre, mujer, andrógino, transgénero...). De esta manera, frente a la dualidad o polaridad del machismo tenemos la pluralidad del feminismo que busca romper con los encorsetados estereotipos grabados a fuego durante toda la historia occidental, y tras empoderarse, ayudar a todo ser que aún débil es víctima del abuso de poder. Consecuentemente, contra lo que lucha el feminismo es contra todo cliché que condiciona maneras de vivir, y una lamentablemente demasiado numerosa cantidad de mujeres que se autodenominan feministas lo único que hacen es perpetuar el machismo y atacar la pluralidad. Entre ellas hay grupos diferenciados que tienen en común cierta dislexia psicológica que les hace creer que están avanzando cuando en realidad están involucionando y despreciando a los que viven de otra manera. En un principio surgieron las mujeres que para huir de las imposiciones estéticas del machismo rechazan, no porque así se sientan bien ya que la estética en general y la adquisición de una estética como opción personal que hace visible la propia psicología son algo inherente al ser humano, sino por sistema, todo lo que históricamente se ha considerado femenino, sin darse cuenta de que están haciendo suyas todas las características que configuran el machismo, tanto en su continente como en su contenido. En lugar de hacer desaparecer la homofobia, ahora tenemos que aguantar que conviva enfrentada a la la heterofobia. Ahora han aparecido una horda de mujeres que están reinstaurando la primitiva,  y léase primitiva no sólo como primigenia sino también como primaria y obsoleta, lucha de los dos sexos. Dejando a un lado temas más complejos en su contenido como la violencia de género y lo acertado o no de su denominación, la prostitución continúa siendo utilizada, la prostitución per se y no por las circunstancias en las que se da, por todas esas gurús que pretenden dar voz a quienes ya la tienen (¿a alguien le suena el Colectivo Hetaira?) y salvar a quienes ellas deciden que tienen que ser salvadas. Por supuesto, creyéndose que no se ha dicho nunca a lo largo de la historia por las abolicionistas, afirman que va ligada al machismo, que el putero (no cliente) no busca sexo sino poder, y que no se puede hablar de trabajadoras sexuales (póngase atención en el género del término porque siempre usan el femenino) sino de esclavas que venden su cuerpo (pero qué es esto, ¿la invasión de los ultracuerpos?). Véase el reciente vídeo viral en el que algunas chicas que se creen feministas por sufrir de estrés postraumático, algo demasiado habitual y que confunde el sentido real de machismo y feminismo, pretenden que todo individuo con pene se sienta culpable por lo que otros individuos con pene han hecho o siguen haciendo.



¿Por qué no se habla del colectivo trans, tanto transexuales como transgénero? ¿Por qué no hablan del porno no denigrante cuando hacen lo mismo, follar a cambio de dinero? ¿Por qué lo reducen todo, y sobre todo la culpa, a la genitalidad cuando gays con pene han sufrido la opresión del machismo de la misma manera que mujeres con ovarios? ¿Por qué no hablan de chaperos y los invisibilizan? Quizás sea porque el castillo de naipes que es la relación entre prostitución y machismo se destrozaría con un soplido. Y si alguien se atreve alguna vez a responderme cuando pregunto por qué no son mencionados que se atenga a las consecuencias, ya que soy chapero ocasional, nunca lo escondo, y no le permito a nadie que hable por mi boca, yo que aunque me costó toda una infancia que detesto recordar, ya encontré mi voz hace unos cuantos años. No tengo en cuenta desde luego datos falsos publicados por el ABC de las mentiras que intenta gritar por encima de las voces que con mucho esfuerzo comienzan a sonar (altamente recomendable es el libro de Iván Zaro La difícil vida fácil, que recoge testimonios de varios chaperos con diferentes formas de trabajar y de ver la prostitución). Me pregunto si estas mesías ejercen el consumo responsable o les importa un bledo usar Adidas fabricados por niños orientales esclavizados (éstos sí). Si utilizamos la misma argumentación, en lugar de perseguir a los esclavistas habrá que borrar del mapa las zapatillas mismas. Frente a semejantes reduccionistas, afortunadamente, aparecen al mismo tiempo voces como la de Teresa Morales, que se esté de acuerdo o no en todos los puntos de su discurso, es desde luego de gran ayuda para destrozar todos esos clichés sobre machismo y feminismo que sólo consiguen que volvamos a pensar en términos de pollas como mazos contra coños con dientes. Pues que sepáis que incluso limitándonos a la genitalidad, existen los intersexuales. El machismo es tremendamente simplón y jamás se esconde ya que presumir es su razón de ser. Más peligrosos me parecen todos esos impostores del feminismo por los que no sólo es que como feminista real, queer y chapero me sienta insultado, y he utilizado el jodido género masculino porque si utilizara el femenino para decir lo mismo se me acusaría de machista, sino que de hecho lo soy cada vez que participo en un debate como se puede ver en los comentarios del vídeo de marras, donde contesto de la misma manera ya que como sabrá todo el que me haya leído en el pasado, nunca he considerado que contestar con insultos reste credibilidad al discurso.

Si no tienes cierta perspectiva histórica y consideras que en la actualidad, por mucho camino que quede por recorrer, los roles aún no han cambiado nada y siguen asociados a los genitales, no mientas y sobre todo no te mientas. No eres feminista, eres machista.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Muxes: El "tercer género" zapoteco

 Un muxe zapoteco del Istmo de Tehuantepec fotografiado por Jacciel Morales

En este blog ya se ha solido hablar en diversas ocasiones tanto de la pansexualidad occidental actual como de otras culturas, como la de los indios navajos y sus berdaches, descritos en novelas como "Middlesex" o "El hombre que se enamoró de la luna". Pero los berdaches no son el único caso que haría la boca agua a filósofas del movimiento queer como Judith Butler. Mientras teóricos actuales se devanan los sesos y los sexos escribiendo ensayos como "El género en disputa" o "Deshacer el género" de la citada Butler, algo admirable teniendo en cuenta la heteronormatividad de la sociedad occidental actual que utiliza la familia tradicional como modelo de producción e intenta borrar todo lo que no tenga que ver con esa familia heterosexual, aunque se haya conseguido avanzar algunos pasos como cuando Alemania reconoció en el 2013 jurídicamente al llamado tercer sexo o tercer género al permitir que la casilla en el registro de los bebés se pueda dejar en blanco y no definir ninguna condición, hay culturas ancestrales para las que lo extraño sería que esa figura no existiera. El diversas culturas del continente americano antes de que Colón lo descubriera (ejem...) era lo normal, es más, eran considerados superiores, como en el citado caso de los berdaches. Y si ya se daba entre los indios americanos, también se daba y se sigue dando en culturas prehispánicas como la zapoteca de Oaxaca. Si entre los primeros existía la figura de los berdaches, entre los segundos existe la figura de los muxes, que desde la época precolombina no sólo gozan de un reconocimiento, sino que desempeñan roles especiales en la sociedad e incluso hay familias en las que se llega a alentar su desarrollo. Aunque las lesbianas (nguiu) no son bien vistas, sí lo son los hombres homosexuales, los travestidos y los que van más allá del binomio hombre/mujer, llegando a lo que nosotros entendemos como transexual o tercer género. La verdad, no sabría si considerar este hecho como machista o al contrario, al fomentar todo lo considerado como propio de la mujer, como feminista. Seguramente no sea ninguna de las 2 cosas y seamos incapaces de ver el mundo desde una óptica diferente a la occidental. Hay familias en las que los niños van asumiendo labores consideradas naturales de la mujer. Estos niños al crecer no tendrán que pasar por ningún proceso traumático para salir del armario, ya que los muxes están bien vistos e incluso son admirados. Los muxes se encargan de diseñar y bordar los bellos y suntuosos trajes regionales de las mujeres, sus adornos florales para el cabello, y los vestidos de gala para bodas, quince años y aniversarios. Hacen la comida tradicional y dirigen los bailes. Limpian la casa y cuidan a los niños y los ancianos. Tienen su propia fiesta nocturna tradicional llamada "Vela de las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro", en la cual hay show travesti y es recibida por el resto de la comunidad con entusiasmo. Otra función importante de los muxes en las comunidades zapotecas es la iniciación sexual de los varones. Mientras que las mujeres deben conservar su virginidad hasta el matrimonio, los varones pueden aprender y practicar todo lo relacionado con el sexo a través de las enseñanzas del muxe. Pero, como no podía ser de otra manera, con la aculturación provocada por los conquistadores occidentales, el machismo que importan, y la lamentable proliferación del VIH, se está consiguiendo una mayor problemática en la aceptación social que no está libre de contradicciones y una mayor marginación e incluso situaciones de violencia, aunque los muxes a partir de elementos culturales propios han construido su propio estilo de vida, un estilo de vida que esperemos que aguante y que los occidentales no se lo carguen como hacen con todo lo que tocan...



 Muxes fotografiados por Nicola Ókin Frioli

"La homosexualidad, como demuestran los casi unánimes incidentes carcelarios, es sencillamente una posibilidad humana más; y nada que sea humano le resulta extraño o escandaloso a un sudamericano. Estoy hablando del mejor tipo de sudamericano; una raza especial, en parte india, en parte blanca y en parte sabe dios qué. No es, como en un principio uno tiende a pensar, fundamentalmente oriental, ni pertenece tampoco a Occidente. Es algo especial, diferente a todo lo demás. Ha sido reprimido por los españoles y por la Iglesia Católica." (de "Las cartas de la ayahuasca", William Burroughs)

"El Dios Único, respaldado por el poder secular, se impone a las masas en nombre del Islam, la Cristiandad, el Estado, pues todos los dirigentes seculares quieren ser el Único. Ser inteligente y observador bajo una capa tal de opresión es ser subversivo." (de "Tierras del Occidente", William Burroughs)

"Yo escupo al Dios Cristiano. Cuando el Dios Blanco llegó con los españoles, los indios trajeron frutas y tortas de maíz y chocolate. El Dios Cristiano Blanco procedió a cortarles las manos." (de "Tierras del Occidente", William Burroughs)


www.nicolaokinphotography.com

domingo, 25 de enero de 2015

"Cambios" (relato de Neil Gaiman)

Fotografía de Txema Yeste (© Txema Yeste, 2002)
Modelo: Yo mismo

Autorretrato del año 2002

Autorretrato del año 2014




CAMBIOS


I.

Más tarde, señalarían la muerte de su hermana, el cáncer que se comió su vida de doce años, con tumores del tamaño de huevos de pato en el cerebro, y él un niño de siete años, mocoso y con el pelo cortado al uno, viendo con ojos marrones muy abiertos cómo ella se moría en un hospital blanco, y dirían, "Eso fue el principio de todo", y quizá lo fue.
    En Recarga (dir. Robert Zemeckis, 2018), la película biográfica, dan un salto atrás a su adolescencia y él está viendo a su profesor de ciencia morirse de SIDA y siguiendo una discusión sobre la disección de una rana grande de estómago pálido.
    —¿Por qué hemos de desmembrarla? —dice el joven Rajit, mientras la música sube—. ¿No deberíamos darle vida? —Su profesor, representado por el difunto James Earl Jones, parece avergonzado y después inspirado, y alza la mano desde la cama del hospital hasta el hombro huesudo del niño. "Bueno, si alguien puede hacerlo, Rajit, ése eres tú", dice en un murmullo de bajo profundo.
    El niño asiente con la cabeza y nos mira fijamente con una entrega en los ojos que raya en el fanatismo.
    Esto nunca ocurrió. 


II.

Es un día gris de noviembre y ahora Rajit es un hombre de cuarenta y tantos años, alto y con gafas de montura oscura, que en estos momentos no lleva puestas. La falta de gafas resalta su desnudez. Está sentado en la bañera mientras el agua se enfría, practicando la conclusión de su discurso. Camina un poco encorvado en la vida diaria, aunque ahora no lo está, y considera sus palabras antes de hablar. No es muy buen orador.
    El apartamento de Brooklyn, que comparte con otro investigador científico y un bibliotecario, hoy está vacío. Se le ha encogido y arrugado el pene en el agua tibia. "Lo que esto significa", dice en voz alta y despacio, "es que hemos ganado la guerra contra el cáncer".
    Entonces hace una pausa, acepta una pregunta de un periodista imaginario que está en el otro lado del cuarto de baño.
    —¿Efectos secundarios? —se responde en una voz resonante de cuarto de baño—. Sí, hay algunos efectos secundarios. Pero, por lo que hemos podido determinar, no se trata de nada que cree cambios irreparables.
    Sale de la bañera de porcelana desconchada y camina, desnudo, hasta la taza del váter, donde vomita mucho, el miedo a salir a escena atravesándole como un cuchillo para destripar. Cuando ya no le queda nada que vomitar y las náuseas secas han pasado, Rajit se enjuaga la boca con Listerine, se viste y coge el metro hasta el centro de Manhattan.


III.

Es, como señalará la revista Time, un descubrimiento que "revolucionaría la naturaleza de la medicina de forma absolutamente tan radical e importante como el descubrimiento de la penicilina".
    —¿Y si —dice Jeff Goldblum, en el papel del Rajit adulto en la película biográfica—, y si se pudiera recomponer el código genético del cuerpo? Hay tantas enfermedades que surgen porque el cuerpo ha olvidado lo que debería estar haciendo. El código está revuelto. El programa se ha corrompido. ¿Y si... y si se pudiera arreglar?
    —Estás loco —replica su novia preciosa y rubia, en la película. En la vida real no tiene novia; en la vida real la vida sexual de Rajit es una serie irregular de transacciones comerciales entre Rajit y los jóvenes de la agencia de Acompañantes AAA-Ajax.
    —Mira —dice Jeff Goldblum, expresándolo mejor de lo que Rajit lo expresó jamás—, es como un ordenador. En vez de intentar arreglar los problemas técnicos provocados por un programa corrupto uno a uno, síntoma a síntoma, basta con reinstalar el programa. Toda la información está allí desde el primer momento. Sólo tenemos que decirle a nuestros cuerpos que vuelvan a comprobar el ARN y el ADN, que vuelvan a leer el programa, si quieres. Y, luego, que lo vuelvan a cargar.
    La actriz rubia sonríe y detiene sus palabras con un beso, divertida e impresionada y apasionada.


IV.

La mujer tiene cáncer de bazo y de ganglios linfáticos y de abdomen: linfoma no hodgkiniano. Además, tiene neumonía. Ha aceptado la petición de Rajit de utilizar un tratamiento experimental con ella. También sabe que asegurar que uno puede curar el cáncer es ilegal en América. Era una mujer gorda hasta hace poco, pero ha perdido peso y a Rajit le recuerda a un muñeco de nieve al sol: cada día se deshace, cada día está, le parece a él, menos definida.
    —No es una droga en el sentido que usted se figura —le dice a la mujer—, es un conjunto de instrucciones químicas —ella parece perpleja. Rajit le inyecta dos ampollas de un líquido transparente en las venas.
    Pronto está dormida.
    Cuando se despierta, se ha librado del cáncer. La neumonía la mata poco después.
    Rajit ha pasado los dos días previos a la muerte de la mujer preguntándose cómo explicará el hecho de que, tal como demuestra la autopsia sin ninguna duda, la paciente ahora tiene un pene y es, en todo sentido, tanto por sus funciones como por sus cromosomas, varón.


V.

Han pasado veinte años y estamos en un apartamento diminuto en Nueva Orleans (aunque también podría ser Moscú o Manchester o París o Berlín). Esta noche va a ser la gran noche y Juan/a estará despampanante.
    Tiene que elegir entre un vestido de salón francés del siglo XVIII estilo miriñaque para polonesas (polisón de fibra de vidrio, escote con estructura interior de alambre en corpiño carmesí bordado con encaje), o una reproducción del traje de salón de Sir Phillip Sydney, de terciopelo negro e hilo de plata, con gorguera y bragueta y todo. Al final, después de sopesar las opciones, Juan/a se decide por escote frente a polla. Quedan doce horas: Juan/a abre la botella de las pastillas rojas, cada pastillita roja marcada con una X, y se traga dos. Son las 10 de la mañana y Juan/a se va a la cama, empieza a masturbarse, tiene el pene semiduro, pero se duerme antes de correrse.
    La habitación es muy pequeña. Hay ropa colgando de todas las superficies y una caja de pizza vacía en el suelo. Juan/a suele roncar fuerte, pero cuando hace una carga libre no hace ningún ruido en absoluto y podría estar en una especie de coma.
    Juan/a se despierta a las 10 de la noche, sintiéndose tierna y como nueva. Cuando empezó con la movida de las fiestas, cada cambio provocaba un auto-examen riguroso, en el que inspeccionaba lunares y pezones, prepucio o clítoris, y descubría qué cicatrices habían desaparecido y cuáles se habían quedado. Sin embargo, Juan/a es ahora un veterano y se pone el polisón, las enaguas, el corpiño y el vestido, con los pechos nuevos (altos y cónicos) muy juntos y las enaguas arrastrando por el suelo, lo que significa que puede ponerse debajo las botas de Doctor Martens de hace cuarenta años (nunca se sabe cuándo habrá que correr o andar o dar patadas y las zapatillas de seda no le hacen ningún favor a nadie).
    Una peluca alta y empolvada completa la imagen. Y unas gotas de colonia. Entonces Juan/a hurga bajo las enaguas, se mete un dedo entre las piernas (no lleva bragas, reivindicando un deseo de autenticidad que las Doc Martens desmienten) y luego se da unos toques detrás de las orejas, para que le den suerte, quizá, o para ayudarle a ligar. El taxi llama a la puerta a las 11:05 y Juan/a baja y va al baile.
    Mañana por la noche Juan/a se tomará otra dosis; su identidad laboral durante la semana es estrictamente varón.


VI.

Rajit nunca vio la acción de transformación de sexo de la Recarga como algo más que un efecto secundario. El premio nobel fue por el trabajo contra el cáncer (se descubrió que la recarga funcionaba para la mayoría de los cánceres, pero no para todos).
    Para ser un hombre inteligente, Rajit era sorprendentemente corto de miras. Había algunas cosas que no había previsto. Por ejemplo:
    Que habría gente que, muriéndose de cáncer, preferirían morir a experimentar un cambio de sexo.
    Que la iglesia católica se declararía en contra del catalizador químico de Rajit, comercializado en esos momentos con el nombre de marca de Recarga, principalmente porque el cambio de sexo hacía que un cuerpo de mujer reabsorbiera la carne de un feto cuando se recargaba: los varones no podían estar embarazados. Unas cuantas sectas religiosas más se declararían en contra de Recarga, la mayoría de ellas citando el Génesis, 1:27, "y los creó macho y hembra", como motivo.
    Las sectas que se declararon en contra de la recarga incluían: el islamismo, la ciencia cristiana, la iglesia ortodoxa rusa, la iglesia católica romana (con un número de voces discrepantes), la iglesia de la unificación, los trekkies ortodoxos, el judaísmo ortodoxo y la alianza fundamentalista de los E.E.U.U.
    Entre las sectas que se declararon a favor del uso de la Recarga cuando un médico titulado lo consideraba el tratamiento apropiado se incluían la mayoría de los budistas, la iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días, la iglesia ortodoxa griega, la iglesia de la cienciología, la iglesia anglicana (con un número de voces discrepantes), los nuevos trekkies, el judaísmo liberal y reformista y la coalición de la nueva era de América.
    Las sectas que al principio se declararon a favor de utilizar la Recarga de forma recreativa: ninguna.
    Aunque Rajit se daba cuenta de que la Recarga haría que la operación de cambio de sexo resultara obsoleta, nunca se le ocurrió que alguien quisiera tomarlo por razones de deseo o curiosidad o evasión. Por lo tanto, nunca previó el mercado negro de Recarga y catalizadores químicos similares; ni tampoco que, a los quince años de la puesta en venta de Recarga y de la aprobación de la FDA, las ventas ilegales de las imitaciones de Recarga de diseño (carga pirata, como se las conoció pronto) venderían, gramo a gramo, más de diez veces que la heroína y la cocaína.


VII.

En varios de los Nuevos Estados Comunistas de Europa del Este la posesión de cargas pirata traía aparejada la pena de muerte.
    Se denunció que en Tailandia y Mongolia se estaba obligando a recargar a los chicos en chicas para aumentar su valor como prostitutas.
    En China las niñas recién nacidas se recargaban en niños: las familias ahorraban todo lo que tenían por una única dosis. Los ancianos se morían de cáncer igual que antes. La crisis de la tasa de natalidad subsiguiente no se consideró como un problema hasta que fue demasiado tarde, las soluciones drásticas que se propusieron resultaron difíciles de ejecutar y condujeron, a su modo, a la revolución final.
    Amnistía Internacional denunció que en varios de los países panárabes estaban encarcelando y, en muchos casos, violando y asesinando, a los hombres que no podían demostrar fácilmente que habían nacido varones y que no eran, en realidad, mujeres que huían del velo. La mayoría de los líderes árabes negaron que ninguno de esos fenómenos estuviera ocurriendo o hubiera ocurrido jamás.



VIII.

Rajit tiene sesenta y tantos años cuando lee en The New Yorker que la palabra cambio está adquiriendo connotaciones de indecencia profunda y de tabú.
    Los colegiales se ríen avergonzados cuando se encuentran frases como "Necesitaba un cambio" u "Hora de cambiar" o "Los vientos del cambio" en sus estudios de literatura de antes del siglo XXI. En una clase de inglés en Norwich risitas obscenas y horrorizadas reciben a un chico de catorce años que descubre la frase "Con un cambio se renuevan las energías".
    Un representante de la King's English Society escribe una carta a The Times, en la que lamenta la pérdida para la lengua inglesa de otra palabra totalmente aceptable.
    Varios años después procesan de modo satisfactorio a un joven de Streatham por llevar en público una camiseta con el lema ¡HE CAMBIADO! impreso con toda claridad.


IX.

Jackie trabaja en Blossoms, un club nocturno de Hollywood Oeste. Hay docenas, si no cientos, de Jackies en Los Ángeles, miles por todo el país, cientos de miles por todo el mundo.
    Algunos de ellos trabajan para el gobierno, otros para organizaciones religiosas o para empresas. En Nueva York, Londres y Los Ángeles, la gente como Jackie está en la puerta de locales muy exclusivos.
    Lo que hace Jackie es observar a la gente que va entrando y pensar, Nacido V ahora M, nacida M ahora V, nacido V ahora V, nacido V ahora M, nacida M ahora M...
    En "Noches Naturales" (es decir: sin cambios) Jackie repite, «Lo siento, esta noche no puede entrar» muchas veces. La gente como Jackie tiene un acierto del 97 por ciento. Un artículo del Scientific American sugiere que la capacidad para el reconocimiento del sexo de nacimiento podría ser de herencia genética: Una habilidad que siempre existió pero que no tuvo ningún valor estricto de supervivencia hasta ahora.
    A Jackie le tienden una emboscada en las primeras horas de la madrugada, después del trabajo, al fondo del aparcamiento del Blossoms. Y Jackie, cada vez que otra bota le patea la cara y el pecho y la cabeza y la entrepierna, piensa, Nacido V ahora M, nacida M ahora M, nacida M ahora V, nacido V ahora V...
    Cuando Jackie sale del hospital, visión sólo en un ojo, la cara y el pecho un único cardenal inmenso y verde violáceo, recibe un mensaje, enviado con un ramo enorme de flores exóticas, que dice que su puesto de trabajo sigue vacante.
    No obstante, Jackie coge el tren bala a Chicago y, de ahí, coge el tren de escala a Kansas City y se queda allá, trabajando como pintor y electricista, profesiones para las que Jackie se había entrenado hace mucho tiempo, y no regresa.


X.

Rajit tiene ahora setenta y tantos años. Vive en Río de Janeiro. Es lo bastante rico como para satisfacer cualquier capricho; sin embargo, ya no quiere practicar el sexo con nadie. Observa a todo el mundo con recelo desde la ventana de su apartamento, mientras mira fijamente los cuerpos bronceados en la playa de Copacabana, y duda.
    La opinión que tiene de él la gente que está en la playa es igual al agradecimiento que sentiría hacia Alexander Fleming un adolescente con clamidia. La mayoría se imagina que Rajit ya debe de estar muerto. A todos les da igual.
    Se ha sugerido que ciertos cánceres han evolucionado o mutado para sobrevivir a las recargas. Muchas enfermedades bacteriales o víricas sobreviven a las recargas. Unas cuantas incluso crecen con fuerza después de una recarga y se ha planteado como hipótesis que una variedad de gonorrea utiliza el proceso al ser transportada de un cuerpo a otro, permaneciendo latente en el portador y volviéndose infecciosa sólo cuando los genitales se han reorganizado en los del sexo opuesto.
    Aun así, la esperanza de vida en Occidente está aumentando.
    La razón por la cual algunos librecargadores —consumidores de Recarga por diversión— parece que envejecen con normalidad, mientras que otros no dan señales de envejecer en absoluto es algo que tiene intrigados a los científicos. Algunos afirman que el segundo grupo en realidad está envejeciendo a nivel celular. Otros sostienen que es demasiado pronto para percibirlo y que nadie sabe nada con certeza.
    Recargarse no invierte el proceso de envejecimiento; no obstante, hay pruebas de que, en algunas personas, puede detenerlo. Muchos miembros de la generación mayor, que hasta ahora se han resistido a recargarse por placer, empiezan a tomarlo a menudo, recargándose, tanto si tienen una condición médica que lo justifica como si no.


XI.

El dinero suelto ahora se conoce como calderilla o, en ocasiones, metálico.
    Al proceso de hacer diferente o de alterar suele llamársele variar.


XII.

Rajit se está muriendo de cáncer de próstata en su apartamento de Río. Tiene poco más de noventa años. Nunca ha tomado Recarga; ahora la idea le aterroriza. El cáncer se le ha extendido hasta los huesos de la pelvis y a los testículos.
    Toca el timbre. Sigue una espera corta para que el enfermero apague la telenovela de cada día y deje la taza de café. Al final, el enfermero entra.
    —Llévame fuera, al aire libre —le dice, con voz ronca. Al principio el enfermero finge no entenderle. Rajit lo repite, en su portugués rudimentario. El enfermero dice que no con la cabeza.
    Consigue levantarse de la cama —una figura consumida, tan encorvado que casi es jorobado y tan débil que da la sensación de que una tormenta se lo llevaría volando—, y empieza a andar hacia la puerta del apartamento.
    Su enfermero intenta, y no lo consigue, disuadirle. Entonces, le acompaña hasta el pasillo y le sostiene el brazo mientras esperan el ascensor. Rajit lleva dos años sin salir del apartamento; ni siquiera salía antes del cáncer. Está casi ciego.
    El enfermero le acompaña hasta el sol abrasador, al otro lado de la calle y abajo, a la arena de Copacabana.
    La gente que está en la playa se queda mirando al anciano, calvo y podrido, con un pijama antiguo, que mira a su alrededor con ojos sin color que antes fueron marrones a través de gafas de montura oscura con cristales de culo de vaso.
    Él les devuelve la mirada.
   Son dorados y hermosos. Algunos duermen sobre la arena. La mayoría están desnudos o llevan el tipo de atuendo de baño que realza su desnudez y la hace destacar.
    Rajit les conoce, entonces.
    Más tarde, mucho más tarde, hicieron otra película biográfica. En la secuencia final el anciano se cae de rodillas en la playa, como hizo en la vida real, y un hilo de sangre le sale de la bragueta abierta del pantalón del pijama, empapando el algodón desteñido y dejando un charco oscuro en la arena blanca. Los mira a todos, observándoles de uno a otro sobrecogido, como un hombre que al final ha aprendido a mirar el sol.
    Dijo sólo una palabra cuando murió, rodeado de la gente dorada, que no eran hombres, que no eran mujeres.
    Dijo, «Ángeles»  
    Entonces, la gente que estaba viendo la película biográfica, tan dorados, tan hermosos, tan cambiados como la gente de la playa, supo que todo  había acabado.
     Y, en algún sentido que Rajit habría comprendido, así era.